Existen infinitos más grandes que otros infinitos…

August 1, 2017 8:50 am  /  Uncategorized

Y el día llegó. Sin apenas darme cuenta ahí estaba… Nervios a flor de piel, cansancio por no haber podido pegar ojo la noche anterior, como único equipaje una maleta en mano repleta de tantas expectativas,… -¡y el secador y la plancha de pelo, cómo no!- y una caja cargada de ilusiones para los niños en forma de libretas, pinturetas, camisetas, bolsas de tela y piruletas para todos… Sola. Feliz. Dando saltos -¡si me vierais!-. El aeropuerto de Madrid Barajas me recibió repleto al ser inicios del mes de Julio y allí estaba yo… rodeada de una multitud desconocida de alegrías, despedidas y algún que otro llanto que se oía, a lo lejos, escapar de las entrañas de alguien en forma de sollozo.

Aun habiendo cogido infinidad de vuelos durante los últimos 6 años, subir al avión y despegar hacia mi próximo destino me envolvió en un aura de paz y alegría. Más de dos horas de vuelo para recordarme que me aventuraba a vivir un episodio más de mi vida en un país maravilloso que, aunque conocía ya, me encanta y adoro. Y es que casi siempre, para llegar al lugar indicado es necesario caminar solo y enfrentarte sin ayuda. Todos los pelos de mi cuerpo se erizaron al divisar desde las alturas la pequeña frontera de agua, en la que el mar Mediterráneo y el océano Atlántico intentan abrazarse bruscamente compitiendo por hacerse un hueco en ese resquicio de agua que separa España de Marruecos. Qué curioso el Estrecho de Gibraltar… por una parte, se produce la unión natural de dos masas de agua y, por otra, la separación entre dos continentes. Y entre tanta cavilación…  “¿Qué me deparará este viaje?”. A punto estaba de descubrirlo.

Marrakech me recibió con una bocanada de aire ardiendo que superaba los cuarenta y ocho grados y, sin darme cuenta, por los poros de mi cuerpo empezó a llover. Una vez recogido el equipaje y pasado el control de la aduana sin problema alguno, me encaminé a la aventura de encontrar un taxi. Pasé más de diez minutos negociando en Español, un Francés penoso y un Inglés obsoleto y torpe, el precio del viaje a la estación de autobuses… ¡Bonita odisea esa de entremezclar idiomas y hacer de tres un invento de uno! “¿Cóooooomo?, ¿Nos hemos vuelto locos?”, grité cual loca y dije eso de: “¡Nanai de la China! ¡No pienso pagar trescientos Dirhams por un mini trayecto!”. Así que, finalmente acordé pagar ciento veinte pavos marroquíes por un trayecto de quince minutos hasta la estación de buses en un taxi sin aire acondicionado, de sillones de escay en los que me sentí cual imán pegado en la puerta de una nevera y sin cinturones de seguridad. ¡¡¡Socorroooooooooooooooooooooooooooooo!!!

“¡Perdón, sorry!, ¡Pare, stop,…! Mmm… – ¿Cómo se dice en Francés…?”-, dije al taxista exaltada cuando me acordé que debía sacar dinero antes de subir al autocar. ¿Me entenderá? Creo que mi cara en proceso de descomposición fue lo que le hizo frenar en seco. ¡Ay madre! Esta fue la primera odisea, en la que sudé cual un pollo “al ast” metida en el taxihornoalestilomarroquí, con música nomequedosordademilagro nivel “closing party Space Ibiza”, buscando un banco en el que poder sacar dinero. ¡Uno!, ¡dos!, ¡tres!, ¡cuatro!… y para de contar, gracias. Esos fueron los cajeros automáticos en los que fue imposible hacerme con algo de money money. “Su tarjeta no está autorizada para sacar dinero”, creí entender que cada cajero me decía en mi especie de traducción inglesa. ¿Cómo? ¿Será posible? ¿¿¿Y ahora, qué??? No quedó otra que conectar el Roming, buscar el teléfono de mi banco, llamar exactamente seis veces y… cuando la señorita tras el teléfono me dijo eso de: “deberá activar el uso de su tarjeta en el extranjero desde la página web porque el sistema operativo no me permite hacerlo desde aquí”… Un silencio se apoderó de aquel instante, por un momento imaginé que le daba un sartenazo en la cabeza a esa señora que no tenía culpa alguna, y yo acabé como bronceada por el sofoco y me fusioné con el sillón de escay de color negro. ¡Respira, Nat, respira! Y, con ese ímpetu de actriz de Hollywood, me las apañé para dar rienda suelta a mis encantos y dar así la mayor pena penita pena para conseguir que por arte de magia la tarjeta funcionara. Pero… ¿no se trataba de un viaje tran-qui-li-to?

Tras la odisea de los cajeros que escupían mi tarjeta, nos dispusimos a la odisea de estaciones en las que brillaban por su ausencia mi autobús a Er-rachidia. ¡Válgame Dios! Y tras otro sinfín de sudores varios, al fin estaba sentada en la parte de atrás de un autobús de cuatrocientosochentaaños, lleno hasta las trancas, en el que me esperaba un viaje de ni más ni menos que doce horas de convivencia conmigo misma. ¿Me aguantaré?

Las personas, en ocasiones, somos las causantes de ponernos límites a nosotros mismos y hacer que vivamos las cosas sencillas más difíciles… ¿no os ha pasado nunca? En mi cabeza rondaban sin cesar un sin fin de “Solo de pensar que” que creía volverme loca… “Que si solo de pensar en el número exacto de doce horas quería salir corriendo… Que si solo de pensar en la cuenta atrás hasta la hora cero en que iba a llegar a mi destino se me hacía eterno… Que si solo de pensar en que un cuentagotas se iba a apoderar de las horas que quedaban por delante… Que si solo de pensar en el estado de mi trasero postrado en un sillón incómodo que se movía como si tuviera vida propia… Que si solo de pensar que llevaba provisiones como para alimentar a un pueblo entero y que no iba a parar de zampar porquerías como si no hubiera un mañana… Que si…”. “¡Cállate ya, mujer, seguro que el viaje será perfecto!” Y así fue. Sin más, las doce horas tan temidas pasaron entre paisajes preciosos y espectaculares, la historia en formato de seiscientas hojas narrada por Paloma Sánchez-Garnica a la que llevaba días enganchada y no podía dejar de leer, observar a mis compañeros de viaje (madres con niños acostumbrados a horas intempestivas de viaje, gente mayor ataviada con vestimenta típica y muy curiosa, un grupo amplio de millenials pandilleros juveniles enganchados al mundo digital y tecnológico como si no hubiera un mañana y con un look tirandillo a occidental de pantalón pitillo y bambas con tupé de palmo y medio en la cabeza a modo hegastadotantalacaquemecargolacapadeozonoseguroymeimportauncarajoporquemolo y quelostrotescochinerosdeesteautobusnosonsuficientesparabajaruncentrímetrodepelo. -¡Cuánto mal están haciendo las redes sociales al mundo, Dios!-), alguna que otra parada para estirar piernas, comprar un refresco y probar algún alimento típico por si no era suficiente todo lo que ya llevaba ingerido en mi humano cuerpo, mi primer contacto con los WC marroquíes de los que salí impactada y al fin… la luz al final del túnel, la meta, la entrada al paraíso… a las tres de la mañana.

Bajé del autobús, a mi espalda la mochila… Cogí maleta y la caja con material para los chicos que había podido reunir y traía desde España. Me dispuse a salir de la estación dónde debían recogerme Smail y Simo, los responsables de la Asociación Puerta del Sur. Creí que las legañas las tendrían ellos por hacerlos levantar a horas intempestivas… y lo que encontré fueron un par de sonrisas que me dieron la bienvenida a un viaje fascinante, que todavía no sabía…

Primera noche. Llegada a las tantas horas inoportunas. Los que serán mis compañeros duermen. Yo sigilosa. No quiero hacer ruido. ¿Qué le pasa a mi maleta? Cerradura rota. No puedo abrirla, ¡mierda! Lo intento, lo intento, lo intento. Decibelios a tope guay -¡o al menos me lo parece!-. Desisto. Vale, no pijama. Vale, dormir en vaqueros. Oh, bien por llevar el cepillo y la pasta de dientes en el neceser del bolso. Baño sin taza. Segundo impacto. Buenas noches.

¡Ley de Murphy! Sí, es lo que tiene hacer a mis treinta y seis lo que todo el mundo cree que debes hacer a los veinte. ¡Pss, pss! Sí, tú, que estás leyendo esto… ¡Sé lo que estás pensando y tienes toda la razón! HE SIDO LA ABUELA, ¿qué pasa? La abuela del grupo. La abuela de todos. La abuela CEBOLLETA. Y, ¿sabes qué? Pues solo sé decirte que me encantó…

Días muy intensos, la verdad,… yo era de las primeras en levantarme, junto a Andrés y Marta; ducha fría de la mañana, despejadita que no veas; desayuno a las nueve, completo y enérgico: pan riquísimo, Sergio en forma de nocilla, quesitos, mantequilla y mermelada, té moruno, zumo de naranja y café; pilas cargadas; dientes, dientes limpios… dientes, dientes sanos; esperar a que Smail gritara eso de “llegamos tarde”; salir pitando hacia el centro de la juventud donde desarrollábamos las actividades con los chicos; ¿garrafas de agua fresca?, ¡no nos las dejemos que morimos ipso facto!; camisetas amarillas en grupo hacia el centro de la juventud bajo el calorcito del sol de las nueve y media siempre pasadas a más de cuarenta deliciosos grados; charlas, risas, historias entre unos y otros; llegada al centro; ojitos abiertos, bonitos y sonrisas tímidas nos esperaban los primeros días; ojazos avizores, felices de vernos, contentos y sonrisas cómplices el resto; Snu mitik?, Alna smitik… Un ta? Un ti?; taller por aquí, taller por allá; se nos acaban las ideas… ¿y qué hacemos hoy?; necesitamos material; abrazos, risas, caricias y besos; regañinas, alguna que otra norma y peleíllas entre ellos; niñas cariñosas, niños rebeldes y divertidos; ¿hoy me toca pintar a mí? Simo, ¿cómo pinto?; adiós y hasta mañana; camino de vuelta al calorcito nivel derretimiento -¡gracias por los miles de viajes, Smail!-; comida riquísima gracias a Samira; dientes, dientes limpios… dientes, dientes sanos; fregar platos; limpiar a mano la ropa; tender; y tiempo libreeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee: piscina, siestas varias, algún partidillo de fútbol, escuchar música bajo las estrellas, paseos al zoco, compras de provisiones de pipas, maíz y chuches, ir a sacar dinero, camping en la azotea, baraja de cartas, jugar al zombi -¡te eliminé!-, grandes momentos tras la cena, celebramos cumpleaños, música Marroquí al ritmo de los timbales que Smail y Simo tocan para nosotros… en una Er-rachidia bonita y muy suya.

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Y entre tanto, hubo otras actividades en la que disfrutamos también del sur de Marruecos y de nosotros, como no,… Los viajes en taxi y el dolor de cabeza provocado por horas intensas de música Marroquí; el Sáhara y sus camellos, el atardecer y sus dunas, arena roja por doquier, la noche en el desierto: arena y viento; la fuente azul y su agua más que limpia y fresca; los oasis y sus millones de palmeras; los pueblos bereberes y sus costumbres arraigadas; las gargantas de Dadés.

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Ni qué decir tiene que, antes de acabar con la narración del viaje, quisiera dar las gracias a los infinitos amigos que con sus muestras de cariño y voluntad me entregaron material diverso para que me llevara y otros que por la distancia, aun queriendo participar, no pudieron… Quisiera hacer alusión a “Ok Group” porque, desde el momento en el que mi prima Cata me puso en contacto con ellos, quisieron colaborar con el proyecto desde el principio y han estado muy interesados en conocer y saber sobre las actividades… ¡Ojalá hubierais visto qué manera de abrir los ojos de los peques y las peques cuando vieron la montaña de piruletas y qué felices al degustarlas! Por mucho que me esfuerce no encuentro palabras que describan la felicidad de ese momento. Así que fuisteis parte activa de las sonrisas, de la ilusión, del entusiasmo de ese momento… ¡no lo dudéis! A lo que solo se me ocurre deciros “¡gracias infinitas por la colaboración y la solidaridad, por vuestra participación en hacer del mundo uno un poquito mejor y por creer, como yo, en que los grandes cambios se hacen desde el tú a tú y se empieza siempre por las pequeñas cosas!”

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Mención a parte a los mosquitospirañamarroquíes, ¡Qué tíos! ¡Menudos sinvergüenzas! Si te despistabas un poco… ¡¡¡ZASCA, bocao al canto!!! Eran blancos, pequeños y se reían en tu cara mientras te decían eso de “¡pringao, que eres un pringao!”. Y pasabas a ser una especie de colador andante de todos los piquitos que te acompañaban… Noches de insomnio por picores que no daban tregua, duchas a deshoras mientras el resto roncaba literalmente como método para apaciguar picores y evitar que me arrancara la piel, linterna frontal para ir a la caza del mosquito extaterrestre que me perseguía,… cómo las locas, en definitiva. Ni qué decir tiene, y gracias a ti, Erik, que dormí a pierna suelta desde que construí, con una mosquiteraalovelodenovia y un trozo de cuerda, lo que pasó a ser mi zona VIP. Y así es como pasé de nuevo a ser persona…

Y de pronto un huracán barrió los días…y volaron. ¿Dónde están? ¡Devuélvemelos, son míos! Y así es como pasaron… entre niños preciosos que aun teniendo más bien poco siempre están dispuestos a regalarte una gran sonrisa; entre madres agradecidas que nos traían para comer o  pintar con henna; entre lugares insólitos que jamás podré borrar de la retina; en una cultura bonita, sentida,… que respeto, que no juzgo, que no pretendo comparar ni cambiar tampoco a mi modo de ver, vivir y entender la vida; entre un grupo de personas diversas que simplemente compartían la motivación por estar allí, disfrutar sin pretensiones y las ganas por beberse el mundo y la vida a pequeños pero intensos sorbos, saboreando cada matiz. Sí, cada uno de vosotros… .

Gracias infinitas a todas las personitas con las que me topé, rocé y conviví, en especial a mis compañeros Smail, Simo, Soufiane, Erik, MJ, Lucía, Sandra, Claudia, Mar, Inés, Pablo, Andrés, Marta, Teresa, Marga, Adrián, Silvia y Omar… -¡habéis sido de los mejores regalos de este viaje!-, que me enseñaron con su sencillez y a las que volveré a ver seguro tras este infinito que ha sido más grande que otros infinitos en mi vida.

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Por vosotros, Asociación Puerta del Sur.

Natalia

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